Troya, 15/03/2001.
Era todavía un
niño, cuando una noche, en la casa de mis abuelos en el Guarataro,
Caracas, llegó mi abuelo José del trabajo a la hora acostumbrada, a eso de
las 7 de la noche, trayendo en el bolsillo de su chaqueta de casimir gris
“La Ilíada” para que la leyera y luego se la contara.
Tomé “La Ilíada”
entre las manos y me fui de inmediato a unos escalones que había en el
comedor. En un peldaño, me senté, en otro puse el libro, y comencé a leer.
Me aprendí de memoria la primera página de “La Ilíada” y se la
recité a mi abuelo, para que se diera cuenta que no había perdido su
tiempo comprándome el libro. Luego, al seguir leyendo, me topé, por
primera vez en mi vida, con el nombre de la Diosa Pallas Atenea. Detuve la
lectura, miré a un espacio desconocido dentro de mí y dije: “Pallas Atenea
es mi Diosa”. Ese día descubrí que yo creía en las Deidades Griegas
y que había vivido en el período clásico.
Ahora, en el año
2001, me encuentro recorriendo Anatolia, la ciudad de Esmirna donde nació
El Mahá Chohán como Homero cerca de unos ochocientos cincuenta años antes
de Cristo. Él narró “La Ilíada”, y digo que la “narró” porque era
ciego y como en esa época el sistema Brailey no estaba inventado, tuvo que
buscar a alguien a quien contársela para que la escribiera.
Siguiendo
la carretera que va hacia el norte de Esmirna me encontré con la isla
donde vivió Orfeo y recordé mucho el día en que conocí a Morella Muñoz, la
famosa mezzo-soprano venezolana. Ella cantaba, en el Teatro Municipal de
Caracas, el aria de la ópera “Orfeo” de Gluck, “Que faro senza
Euridice”, y desde entonces me memoricé esta obra que narra las
desventuras de Orfeo en esta isla, bajando al mundo de los muertos a
buscar a su novia Eurídice entonándole una canción, y por esto se
convirtió en Dios de la Música.
Pasé por la
famosísima isla de Lesbos, ascendimos por una montaña salpicada de piedras
blancas, moteada por el verde de algunos olivares y tachonada por la lana
moviente de las ovejas.
Era el mismo sitio
donde París, príncipe de Troya, había sido criado como pastor, ya que su
madre, Hecuba, había soñado que su hijo sería la causa de la destrucción
de Troya.
Nunca pensé que
Troya pudiera existir, porque mi abuelo y todo el mundo me decían que lo
narrado en “La Ilíada” era Mitología. Pero a los 17 años, cuando
conocí a Conny Méndez y leí sus libros, vi que Atenea, Apolo, Hércules,
Amazonas y muchos Dioses del Olimpo Griego eran entidades reales dentro de
la Jerarquía Espiritual de la Tierra y Cósmica.
Pero el mundo se
quedó atónito cuando, en el año de 1860, el señor Heinrich Schliemann
descubrió las ruinas de Troya. Desde entonces, la humanidad ha tenido que
aceptar que lo que dice Homero en “La Ilíada” y “La Odisea”
es historia y no Mitología. Andando el tiempo, toda la humanidad también
aceptará que los Dioses Griegos existen y que no son creencias paganas
como algunos cristianos le han hecho creer.
Pensando y
meditando en todas estas cosas que ahora escribo, me fui acercando a Troya
y cuando estuve frente a sus murallas casi no lo podía creer. En las
puertas de Troya, han hecho una reproducción de tamaño natural del
Caballo.
Existen nueve
ciudades de Troya que han sido construidas una encima de la otra a través
del tiempo, que pueden ser más de diez mil años. La ciudad de Troya a la
que se refiere Homero es la cuarta.
Corrí por Troya y
me paré en el lugar más alto, donde estaba la torre de vigilancia, y
recordé la primera página de “La Ilíada” que le había recitado a mi
abuelo, que en cualquier parte del más allá donde se encuentre,
quiero agradecerle el habérmela regalado.
Las Diosas Hera,
Atenea y Venus estaban muy felices en una fiesta en el Olimpo, cuando la
malvada Eris, diosa de la discordia, se presentó, y como no había sido
invitada, se vengó de ellas tirándoles una manzana con un letrerito que
decía: “Para la más bella”. Le preguntaron a Zeus quién era la más
hermosa, para que cogiera la manzana y, para no meterse en problemas, dijo
que París, el príncipe de Troya, que era muy guapo y andaba por allí
pastoreando unas ovejitas, decidiría.

París, en vez de
escoger a Hera para ser dueño de las tierras o a Atenea para ser vencedor,
escogió a Venus para tener sexo y esto le trajo problemas. París se
enamoró de Helena, la mujer más bella de aquella época, pero ella estaba
casada con Menelao, en Esparta. París fue a Esparta, raptó a Helena y se
la llevó a Troya.
Menelao reunió a
todos los más grandes reyes de la época como Agamenón, Aquiles y Ulises
para declararle la guerra a Troya. La contienda duró diez años. Un día,
los Aqueos que apoyaban a Menelao para que recuperara a su esposa Helena,
fingieron su retirada y darse por vencidos, y cuando los troyanos se
emborracharon en la noche creyéndose ganadores, los Aqueos se le metieron
a la ciudad dentro de un caballo de madera, recuperaron a Helena y ganaron
la guerra.
Andando dentro de
Troya pude ver la rampa por donde supuestamente metieron el caballo a la
ciudad.
A Moscú fue a parar
el tesoro de Troya que se encontró en las excavaciones. Por eso hoy en
día, incluso a los labradores que siembran la tierra cerca de Troya y a
los pastores que cuidan sus ovejas por aquí, se les tiene prohibido
excavar, ya que tal vez estén escondidos en estos lugares, insospechados
tesoros que el mundo todavía no conoce.
Tuve que seguir mi
marcha y abandoné Troya, tomé un barco y atravesé el estrecho de los
Dardanelos o El Elesponto, que une al Mar Egeo con el Mar de Mármara.
Como siempre en la
vida, hay que dejar todas las cosas en el pasado, no importa cuán
significativas hayan sido, y mirar en el impredecible presente, del cual
no podemos decir nada, sino observar cómo se mueve y pasa.
Lo que más me gustó de haber venido a Troya fue sentir de cerca a Homero,
Él es El Santo Aeolus, el Espíritu Envolvente del año 2003, ser de
absoluto Amor Divino, La Llama Rosa de nuestro Sistema Solar. El estar en
Troya hace que, por medio de la respiración, uno se llene de la presencia
de este Ser y tome todo lo positivo que ese mundo de la antigüedad clásica
tiene para ofrecernos en el presente.