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(Libro
“Una Vida Mas”)
Desde pequeño, en la
casa de mi abuelo, jugaba a que era maestro y ponía sillas vacías delante
de mí y pasaba todo el día instruyéndole a unos estudiantes invisibles
como si fuesen discípulos.
Siempre quise ser
sacerdote, pero mientras me llegaba la edad, tenía que seguir haciendo mis
estudios regulares. Así fue cómo al terminar la primaria, me inscribieron
en la Escuela Normal Gran Colombia, ya que además de Sacerdote, me gustaba
enseñar y ser maestro. Con la cabeza llena de ilusiones, entre ser un
maestro enseñando por los pueblos del mundo o un sacerdote, sacaba ánimos
para vivir y seguir existiendo, porque nunca me entusiasmó mucho el mundo
en que veía que vivía la gente y su manera de ser.
Después de tres años
en la Escuela Normal, fui sometido al Servicio de Orientación, donde
determinados estudios psicológicos, decidirían si debía seguir allí y
graduarme de maestro o continuar en un bachillerato corriente.
Los orientadores
decidieron desorientarme y dijeron que era mejor que no estudiara en la
Escuela Normal y que fuera a un bachillerato, ya que no servía para
maestro. Aquí se me cayó el cielo, el sueño de mi vida me lo cambiaba
alguien que no tenía que ver con el Plan Divino que Dios había diseñado
para mí.
Por favor, les ruego a
los orientadores que antes de determinar la profesión de una persona por
los análisis que arrojan los exámenes que hacen, pregúntenle a esa persona
qué es lo que quiere ser y respétenle su decisión, porque si yo no hubiera
sido tan fuerte para imponerme como lo hice, me hubieran dañado mi vida
para siempre. Aunque me gradúe de Profesor de Canto, todavía añoro tener
mi humilde y glorioso título de maestro de la Escuela Normal Gran
Colombia; si lo hubiera adquirido, hubiera evitado los dos años de
infelicidad que pasé en el liceo posteriormente.
El mensaje oculto que
me habían dado los psicólogos fue “que yo no servía para enseñar”. Tuve
que pasar dos años en el Liceo de Aplicación, para concluir el
bachillerato.
Estos estudios en el
liceo, nunca me sirvieron para nada, con salvedad del Latín que me
encantaba y me hacia renacer las fantasías de haber vivido en el Imperio
Romano, y hoy en día no tengo trabajo al llegar a Roma, en leer en latín
todo lo que se me antoje. El liceo fue mi época más triste de estudiante.
A mí me preguntaban cómo estaba y yo decía: ¡Mal!
Bueno, todo no era tan
malo, ya que para aquel entonces, estudiaba en la Escuela de Música Juan
Manuel Olivares y Blanca Estrella me había puesto en su escuela de Música,
a dar clases de Solfeo. Un día, Blanca se fue a Moscú para ser condecorada
por el legendario compositor Aram Khachaturiam. Ella daba las clases de
pedagogía musical a los maestros que se iban a graduar, precisamente en la
Escuela Normal Gran Colombia, y no le encontró más remedio que mandarme
para hacer la suplencia. Así resultó que del lugar de donde me habían
sacado para que no me graduara de maestro, llegué a darle clases a los
maestros.
Ésta fue una situación
que me costó perdonar, pero ya está totalmente perdonada. Pudo más mi Plan
Divino que cualquier decisión humana. Lo único que he hecho en toda mi
vida, ha sido enseñar en todos los niveles, desde preescolar hasta
universitario, y no solamente en Venezuela, sino en cerca de cincuenta y
cinco países.
Blanca Estrella me
nombró su asistente en el Conservatorio de Música de Maracay, donde pasé
siete años dándole a cientos de niños, clases de Kinder Musical y Teoría y
Solfeo a grupos de adultos.
También Blanca
Estrella me consiguió que trabajara en cinco jardines de infancia del
Instituto Nacional del Menor. Allí conocí a los mejores pedagogos de
Venezuela, que para entonces eran supervisores y directivos de este
gigantesco instituto gubernamental que cuidaba a la niñez venezolana. Esto
lo cuento, porque con ellos aprendí a enseñar.
Un día,
ascendiendo de la avenida Urdaneta por la subida de Gato Negro al Jardín
de Infancia “Mireya Vanegas” para dar mi habitual clase de música, me
detuve en una esquina, miré hacia el cielo y exclamé: “Amada Madre Kwan
Yin, bendice mis manos, para que todos los niños a quienes les dé clases,
sean bendecidos por ti”. Creo que Kwan Yin me escuchó.
El Colegio Calicanto y
Alicia Navarro Steiner, fueron para mí muy importantes, ya que allí pude
estrenar la única opera que he compuesto para niños, llamada el “Flautista
de Hamelin”, basada en el famoso cuento alemán.
Abilio Reyes, el
folklorista de Venezuela, murió repentinamente y todos me miraron como su
sucesor. Inventaron hacer un espectáculo con diez mil niños en el Poliedro
de Caracas en su homenaje y me nombraron el coordinador de semejante
asunto. Dios y los maestros me hicieron salir exitoso. Hay que ver lo que
significa dirigir esa cantidad de niños en edad preescolar. Esto hizo que
me ganara comenzar a ascender en cargos de mayor importancia y que me
fueran subiendo los sueldos dentro del Instituto Nacional del menor, hasta
llegar a ser Director en el ámbito de toda Venezuela.
La única oficina que
he tenido en mi vida, fue en el lugar más alto de Caracas, en el piso 43
de la Torre Oeste del Parque Central, cuando fui Jefe Nacional de Música
del Instituto Nacional del Menor. Con este cargo, no le puse freno a mi
imaginación y cada día vivía inventando cosas fantásticas para hacer con
los niños.
Pensé que los niños
podían aprender a rezar cantando y les compuse la ‘Misa de mi Tierra’, que
se estrenó con la presencia del Presidente de la República Luis Herrera
Campins y su gabinete, en la Iglesia de la Chiquinquira, en la celebración
de la Apertura del Año Internacional del Niño 1979. Esta misa se ha
cantado por miles de niños en el mundo entero.
Luego se me ocurrió
que la historia de Venezuela se podía estudiar cantando y para el
Bicentenario del Nacimiento de Simón Bolívar en 1983, hice la “Cantata
Infantil Simón Bolívar”, que la cantaron por toda Venezuela más de cien
mil niños. Ahora, la partitura de esta cantata se encuentra en el Museo de
Simón Bolívar, en el pueblo de Bolibar (con `b´), en el País Vasco, de
donde proceden los ancestros del Libertador.
Para que se
aprendieran los niños la vida de Jesús, les hice el ‘Oratorio Infantil de
Navidad’.
Cada año le componía a
los niños un aguinaldo, y dentro de ellos estuvo “Que Navidad”, que se ha
hecho muy famoso en la voz de la renombrada Mezzosoprano Morella Muñoz y
está grabado en una compilación de discos compactos llamados “Lo mejor de
la Navidad Venezolana”. Además de esto, cada año lo graba un grupo
diferente; entre ellos estuvo la “Serenata Guayanesa” y el “Orfeon
Universitario”. En el año 2000 fue grabado junto a otras canciones por la
Presidencia de la República para obsequiarlo en un CD como regalo de
Navidad.
Quería que Venezuela
entera cantara para expandir por medio del canto ondas positivistas y de
progreso. Hice que se fundaran Coros Infantiles de niños en edad
preescolar por toda Venezuela. El que dirigía en Caracas con ayuda de
muchas maestras y profesores de música, constaba de dos mil voces. Viajé
por toda Venezuela dictando Cursos de Pedagogía Musical, haciendo feliz a
la gente cantando.
Para esos niños que
adoraba, les compuse y les grabé: la “Suite Abiliana”, las “Siete
Canciones Japonesas para Niños”, “Diez Canciones Infantiles”, las
“Canciones para Casa-Cuna” y “La Clase de Música”.
Con este coro de
cientos de niños, nos presentamos en el Teatro Teresa Carreño, en la
Catedral de Caracas, en el Teatro Nacional, en el Museo de Bellas Artes,
en el Ateneo de Caracas y párese de contar. Desde 1996, el coro de los
Jardines de Infancia del Instituto Nacional del Menor lleva el nombre de
Rubén Cedeño.
Estudié profundamente
las técnicas pedagógicas de Aula Abierta, Folklore, y los Métodos Martenot,
Kodaly, Dalcroze y Willems. El Presidente del Instituto Nacional del
Menor, me envió a Hungría a especializarme en el método Kodaly para niños,
donde aprendí la técnica de cómo enseñar solfeo a los niños sin necesidad
de pentagrama ni complicaciones. Esto lo aplique en Venezuela e hice que
por todas partes los preescolares solfearan por medio del sistema manual
de Kodaly.
Yo vivía rodeado de
niños por todos lados; con ellos reía, gritaba, me revolcaba en el piso, y
también les ponía orden a la hora de cantar y siempre me hacían caso, no
importaba la edad ni la cantidad. Considero un galardón que un niño me
escuche y se interese en una canción que le pueda cantar.
Un día, decidieron en
el Instituto Nacional del Menor, que la música no era prioritaria en la
educación de estos niños y después de catorce años de felicidad, cantos y
sonrisas, me despidieron con una carta. Pero no me pudieron sacar del
corazón de los niños. En cualquier parte a donde voy, siempre un niño
entona una de las canciones que Dios me ha permitido componer y todavía,
más de veinte años después, me siguen invitando a las presentaciones que
se hacen en los teatros, de las obras que he creado para los niños.
Después de esto, Dios
me permitió escribir para niños cerca de veinticuatro cuentos conteniendo
instrucción espiritual de forma simbólica. Logré grabar en casetes y ahora
en discos compactos, casi todas mis obras, y allí están para beneficio de
todos los niños del mundo. Recientemente, después de que regresé de Patára,
donde vivió San Nicolás, escribí su vida como un cuento para niños. Luego
lo grabé y en la Navidad del año 2001, fue radiado por muchas emisoras de
Latinoamérica para el deleite de miles de niños.
Lo primero que hay que
saber de un niño, es que no es un niño. Es un adulto, un ser humano con
todo su potencial, pero metido en un cuerpecito que no le responde a lo
que le gustaría expresar.
En los niños, se
esconden toda la gama de los sentimientos humanos, bonitos y feos, pero
con la inocencia de no saber ni tener criterio de lo que piensan ni
sienten.
Jamás se debe
subestimar a un niño por ser pequeño. Lo que más te agradece un niño, es
que lo trates ‘de tú a tú’, con madurez y responsabilidad, y al mismo
tiempo con alegría, simpatía, juguetonería y belleza.
Creo haber entendido a
los niños bastante, pero lo que más me sorprende, es que ellos me hayan
entendido a mí, estando ya tan grande.
En mi trabajo con los
niños, me he dado cuenta que las Maestras, especialmente las de
Preescolar, son grandes heroínas, que abnegadamente dan el todo por el
todo por sus niños.
Dios bendiga a los
niños y más aún a sus Maestras.
Para 1997, se
publicaron “Los Cuentos de Rubén”, con 22 cuentos infantiles, “Las
canciones de Rubén”, con 38 composiciones, y el libro “La Educación
Total”, que es un Tratado de Pedagogía actualmente aceptado por la
Gobernación de Córdoba en Argentina, para el uso oficial de los educadores
de esa región.
Todo este aprendizaje, vivencias y roce con los círculos pedagógicos más
grandes de Venezuela, me sirvió para durante años ir madurando y creando
un sistema pedagógico para la enseñanza metafísica, que está publicado en
el “Más Grande Tratado de Metafísica”, y es lo que se utiliza en cientos
de grupos metafísicos de cerca de 20 países, como guía de sus actividades
docentes. |