Buenos Aires 25-3-2003
Me encontraba en una ciudad de
veraneo de determinado país dando conferencias al final de la temporada
vacacional. En vista de que estaba muy aburrido y sin ningún tipo de
entretenimiento en las cabañas donde me alojaban, decidí salir a
comprar un par de discos. Como carecía de movilidad propia y donde
estaba no había transporte colectivo, tuve que valerme del favor de que
me transportara la anfitriona que me había invitado a dar conferencias
allí y que desde hacía casi siete años me invitaba al mismo sitio a
dar conferencias.
Me encontré en una tienda
discográfica, a un precio baratísimo de casi 6 dólares, los
conciertos para clave y orquesta de Carl Philipe Enmanuel Bach. Cuando
fui a pagar, la anfitriona decidió pagármelos, pero jamás dijo que me
los quería regalar. Por supuesto que me opuse al hecho, pero la persona
insistió, sacó su tarjeta de crédito y pagó. Le volví a insistir
diciéndole que por qué lo había hecho y ella me dijo: "Yo
después se lo cobro a los alumnos".
De inmediato reaccioné y le
contesté que NO podía ser que esos discos, que eran un gusto personal
mio, se los cobraran a los alumnos, que toda mi vida me he comprado mis
discos de mi dinero y que algunas veces personas que nos han traicionado
me han acusado calumniándome de que mis discos compactos los compraba
de la donación amorosa y no quería dar pie a ese comentario, porque
esas cosas me habían hecho mucho daño. Le dije que la donación
amorosa no se podía utilizar para satisfacer los gustos personales de
un instructor, que si era así yo no quería esos discos.
Mientras le hablaba me pasaban
desagradablemente por la mente un par de discípulos que había tenido y
que se habían ido de la enseñanza, que extorsionaban a los alumnos
vilmente y precisamente uno de ellos hacía las delicias de sus
extorsiones en el país donde estaba. Cuando necesitaba comprar enseres
domésticos para su casa, se la agenciaba para ir a dar conferencias
allí, pedía viáticos exorbitantes y planificaba giras de turismo a
costillas de los estudiantes. Por supuesto que cuando me enteré hice lo
indecible para sacar a ese estudiante de ese país e impedir tanta
extorsión. Me acordé de otro que cuando se enfermaba dividía el costo
de la clínica entre sus estudiantes y hacía que se lo pagaran. Ambos,
cuando iban a hacer publicaciones de los libros, le pedían el costo de
la impresión a los integrantes de su grupo o algún miembro en
particular sin después devolverles un centavo a cambio.
Instantáneamente sentí todo el asco que eso producía y le rechazaba
con argumento los discos.
Terminé sacando de mi bolsillo
la insignificante suma de los discos y dándosela a la anfitriona, que
nada le hubiera costado ponerla de su bolsillo, pero que tampoco deseba
que lo hiciera, porque para mí los discos son algo sagrado y desde que
hace diez años dejé el Conservatorio de música, que era mi vida, por
dedicarme a dar conferencias por el mundo, los discos pasaron a ser mi
única conexión que aquello que tanto amo. Pero esa persona, con su
actitud, me estaba dañando con su asquerosa energía algo que es tan
sagrado para mí.
Todavía no tengo palabras para
expresar tanto rechazo que esa acción provocó en mí. Primero, el
dolor de saber que a costo de extorsionar a los discípulos,
satisfacían los deseos personales de un instructor; de paso, me estaba
quebrantando, dañando con esa energía, aquello que formaba parte
sagrada de mi vida: mi libertad de adquirir aquello a lo que había
renunciado por dar la enseñanza; y a la vez, me alienaba mi libre
albedrío.
Sé que pueden existir decenas
de justificaciones para perdonar la actitud de esa anfitriona, como
pueden ser: que quiso tener un gesto de amabilidad, que en el fondo lo
que había era amor, que quiso que fuera el grupo que ella atendía el
que me lo regalara. Tal vez todo eso sea verdad y tenga mil perdones,
pero lo que dijo fue: "Yo después se lo cobro a los alumnos".
Eso era una prueba para mí. Me
imagino que si hubiera aceptado eso con esas palabras me hubiera
condenado, porque allí conmigo estaban otros instructores y de
inmediato iban a tomar eso de ejemplo y luego comenzarían a extorsionar
a costa de los estudiantes. Sé que en algunos momentos determinados de
nuestras vidas, aunque a veces son todos, la Jerarquía Espiritual se
asoma a ver cómo reaccionamos en ciertas circunstancias, y allí
estaban viéndonos a ver si yo tomaba el camino de la extorsión o el de
la honradez. Aunque algunas veces algunos estudiantes me han acusado de
tomarme la donación amorosa para comprar discos, y eso me dolía, no me
importaba tanto porque a mí lo único que me importaba era para mí
mismo saber que nunca lo he hecho y que los Maestros Ascendidos, que
vigilan desde lo alto todo este trabajo, estaban conscientes que nunca
he hecho algo semejante y por eso me facilitan tanto el desplazamiento
por el mundo en esta maravillosa aventura de Expandir.
Luego me enteré que esa
anfitriona, cuando voy a ese país, colabora junto con otra para pagarme
el pasaje internacional, y de acuerdo al monto que da, quiere que sean
el número de conferencias que dé en su ciudad, y todo esto lo hace sin
el consentimiento de la Corriente de vida de la Presencia Yo Soy que da
las clases y de los Maestros que dan la energía para tales eventos.
Fui educado en mi casa a comer
muy poco, además de ser vegetariano. He llegado casi a sustentarme como
la Santa Venezolana, la Madre María de San José, con una cucharada de
arroz y otra de ensalada, sin pasar de un plato por comida. Esta
anfitriona hacía que durante los días que estaba en esa ciudad los
alumnos le cocinaran desmedidas porciones de comida donde se aprovechaba
su familia y otros alumnos invitados donde la mayoría de las veces
sobraba cantidad de comida y todo se hacía en nombre de éste que
expandía y que sólo alcanzaba a pocas porciones de esos manjares. Como
no estaba de acuerdo con semejante extorsión, cada vez comía menos de
esa comida y en ese viaje ya casi ni me servía.
Siempre he tenido la costumbre
de compartir con los alumnos organizadores después de cada conferencia.
En esta ciudad esto no se hacía, ellos intempestivamente, sin haberlo
comunicado ni siquiera un día antes, querían que cansado, el día que
viajaba hasta allí, fuera el que me reuniera con apenas unos
poquísimos discípulos, y el resto de los días después de las
conferencias ni por nuestra solitaria y excluyente cena se aparecían.
Además, siempre las comidas eran en la casa de la anfitriona, lo que
limitaba el acceso libre al sitio, y aunque a veces me tomaba la
licencia de invitar a muy poquitas personas esto me limitaba a poder
invitar a comer con nosotros a quien me diera la gana como siempre lo
hago. La anfitriona argumentaba que en esa ciudad no había lugares para
comer vegetariano. Pero contradictoriamente, cada vez que podía y me
escapaba de ese control, me iba a la cuidad por mi cuenta y encontraba
deliciosos restaurantes que servían comida exquisita, ya que ese sitio
es un lugar turístico muy importante. Nunca sabía quién cocinaba qué
cosa. Esto para mí era un desamor congelante que me desagradaba mucho.
Días antes de estos sucesos, después de mi clase, la anfitriona le
prohibió a este grupo que comentaran sobre la clase que habían
recibido.
Año tras año, con el
agradecimiento a Dios de poder hacer la expansión, silenciosamente
soportaba ir a ese sitio, que aunque sucedían esas cosas, me albergaban
en una linda cabaña, rodeado de un paisaje natural encantador, donde me
consolaba agradeciéndole a los Devas de los árboles tanta bondad que
derrochaban con su verdor. Cerca estaba la playa, pero nunca disfrutaba
de ella porque voluntariamente viajaba allí fuera de temporada para
así dedicarme solamente a la enseñanza sin distraerme en asuntos
turísticos.
Durante las dos conferencias
que di en ese sitio, durante los días que allí estuve, les di a
entender que no se debía hacer lo que aquí expongo con sus debidas
explicaciones metafísicas. La anfitriona nunca se acercó a conversar
sobre todo este asunto. Me negué a comer la comida que se hacía en su
casa y nunca jamás nadie se acercó a traernos ni un plato de sopa.
Termine yéndome del país
abruptamente y a todo el que pude le comuniqué lo que sucedía, para
darle oportunidad a esos Cristo apresados en esos cuerpos de que se les
iluminara el entendimiento.
Tal vez en esta circunstancia
hice lo peor y reaccioné inadecuadamente, quizás otros digan que debí
reaccionar de esta o de otra forma y que tal vez hice lo peor o no
actué metafísicamente. Le pido perdón a esa anfitriona, a ese grupo,
a esa ciudad y a la vida si así ha sido.
Pero he hecho público este hecho sin decir
nombres porque no es lo importante, para que nunca más se repita algo
semejante, y con ese propósito y partiendo de estas circunstancias,
escribí la Consideración Nº 33 sobre la Donación Amorosa y un
artículo que llama "No lo acepto".