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“BIENAVENTURADOS LOS MANSOS, PORQUE ELLOS
RECIBIRÁN LA TIERRA POR HEREDAD”.
Manso quiere decir humilde. La Tierra es
símbolo de la manifestación material o física, y recibir la Tierra por
heredad es que poseeremos el poder sobre lo externo, pero para esto, es
necesario que seamos mansos y humildes de corazón. Todos los que
profesamos un sendero espiritual, hemos de ser mansos y esto quiere decir:
de condición benigna y suave, sin bravuras, de vida apacible, sosegada y
tranquila. Los agitados, ásperos, desesperados, nunca conseguirán
nada. Si observan la vida de los sabios y los Santos que tienen dominio
sobre los avatares de la vida, éstos llevan una existencia de total
mansedumbre y paz. En términos campesinos, la oveja, el carnero o buey,
que sirve de guía a los demás, se le dice manso; fíjense que pareciera lo
contrario, que el alevoso y agitado es el que tiene dominio sobre las
cosas. Aparentemente es así, pero luego que la furia pasa, el alevoso se
desinfla, mientras el manso, a la larga, es el que permanece y guía a las
masas con el ejemplo de su mansedumbre.
Como la
gente anda buscando que la halaguen, le den puestos y le digan cosas
lindas, cuando alguien les resulta crudo y les dice la Verdad sobre su
vida o las cosas que hacen, la aborrecen en vez de darle las gracias.
El que nos hace crecer no es el que nos alaba y
le da gusto a nuestra personalidad, sino el que nos señala dónde tenemos
que corregir nuestros errores; esto casi nunca cae bien, y siempre
objetamos que nos lo deberían haber dicho de otra manera, en otro momento
y otro lugar.
Nosotros generalmente sólo nos fijamos en cómo nos dicen las cosas, cuando
nos acusan por algo malo que hemos hecho, y no en el daño que generamos
con nuestro mal proceder, que es lo que motiva el llamado de atención.
Qué
tonto es aquél que expresa, al escribir alguna enseñanza espiritual, “mi
libro”; o aquel que predica y se refiere a: “lo que yo les dije”. Peor
aún es decir: “mi enseñanza”, “mi escuela”, “mi grupo”, “mis alumnos”,
“mis discípulos”. La Enseñanza no es de ninguna
organización espiritual, escuela, líder, maestro o escritor, mucho menos
de un traductor. La enseñanza es de nadie en particular y de todos a la
vez
Cuando vivimos Crísticamente no podemos
ser duros de corazón, agresivos al hablar, insultantes al reclamar,
enfadados al proceder, mal encarados con de los demás, traidores con los
que nos aman, ni atacantes con los que no están de acuerdo con nosotros.
Uno se convierte en alguien dulce y generoso, suave y compasivo, tolerante
y explicativos.
La mansedumbre de vida, suavidad de
carácter, dulzura de trato y paz en el alma es producida por el vivir
apaciblemente en Conciencia Crística, y esto es un tesoro que nos hace
tener la tierra por herencia. La persona que a través de la fuerza,
traición, competencia y agresividad busca poseer fama espiritual,
reconocimiento, respeto y credibilidad, no la consigue, y si así la logra,
algún día la pierde para siempre. Hay estudiantes que creen que han
superado a quien los instruyó, y lo abandonan y traicionan,
autodenominándose herederos continuadores de la tradición, pero jamás
poseerán la fuerza de la persona a quien usurparon, aunque así lo digan y
traten de aparentarlo. Sé humilde y verás como todos te reconocerán, pero
si te halagas a ti mismo, como ya tú mismo lo haces, nadie lo hará por ti
y serás ignorado.
Uno es como la nada y lo que hacemos es igual, ya que Jesús dice: “No
puedo yo hacer nada por mí mismo”. Sólo el Cristo en nuestro interior
es el hacedor de todo, y Él sólo hace perfección y maravillas por
nosotros.
No te pongas a aceptar los halagos que le hagan a tu personalidad, que son
como una trampa, ya que si te los crees, ése mismo que te pone en un altar
te tumbará.
Jesús insiste y reinsiste en que no nos engrandezcamos y
nos dice: “Porque el que es más pequeño entre
todos vosotros, ése es el más grande”.
Jesús nos recalca: “¿Cuál es mayor, el que se sienta a la mesa o el
que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros
como el que sirve”. Por eso debemos todos hacer como Jesús, que le
lavó los pies a sus discípulos.
Uno es como la nada y lo que hacemos es igual, ya que Jesús dice: “No
puedo yo hacer nada por mí mismo”.Sólo el Cristo en nuestro interior
es el hacedor de todo, y Él sólo hace perfección y maravillas por
nosotros.
No nos pongamos a estar pregonando lo que somos, hacemos
y tenemos, eso es ridículo se ve mal, dejemos que sean los demás los que
lo digan, si acaso lo dicen. Jesús nos enseña:
“Si doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Otro
es el que da testimonio acerca de mí, y sé que el testimonio que da de mí
es verdadero”.
No nos pongamos a
aceptar los halagos que le hagan a nuestra personalidad, que son como una
trampa, ya que si los creemos, ése mismo que nos pone en un altar nos
tumbará de allí.
Dice Jesús: “Gloria de los hombres no recibo”. No
sigamos buscando que nos alaben. “¿Cómo podéis vosotros creer,
pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que
viene del Dios Único?”. Digamos cada vez que nos veamos buscando ser
importantes: “Yo no busco mi gloria”.
Uno de los orgullos que más nos hace daño es el creer que sabemos algo,
cuando generalmente no es así, porque los sabios prefieren permanecer en
silencio y sólo hablar cuando se les procura.
San Pablo dice al respecto:“Si alguno entre vosotros
se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser
sabio”. Esto no quiere decir que nos volvamos retraídos e
incomunicados. Sigamos viviendo como lo hace todo el mundo, sin dar a
notar que estamos en una Activación de nuestro Cristo Interior. Para esto,
San Pablo nos recomienda: “Pues aunque andamos en
la carne, no militamos según la carne”.
Jesús nos exhorta:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y
sígame”. Pues tenemos que negarnos a nuestro orgullo de andar con
gente principal, de rangos espirituales, de alcurnia, títulos y
perfeccionados. Lancémonos a la calle a andar con los enfermos, que son
los que necesitan medicina; pero para hacer esto no los podemos juzgar, ya
que así jamás los podríamos sanar. Para sanar como Jesús nos manda hacer,
hay que tener cariño por la gente, no importa lo que sean o hagan. Enfermo
y pobre no es solamente el que padece de un dolor o carece de dinero, es
todo aquel ignorante que sufre en la vida muchas desdichas, por desconocer
y no poner en práctica los principios que Jesús enseña. |