AMAR A LOS ENEMIGOS
Ruben Cedeño
Caracas, 29 de julio del 2001.
Uno de los primeros
pasos en nuestro transitar por el camino espiritual y para activar nuestro
Cristo Interior es “Amar a los Enemigos”, como lo hizo Jesús en su
Pasión y durante toda su vida. Si esto lo hacemos, estaremos
verdaderamente en un Sendero Espiritual de desenvolvimiento interior; si
no, aunque digamos estar en la mejor escuela, con los textos más avanzados
de altísimos Maestros, no estamos en nada. Así que, si no hemos comenzado
a poner en práctica la enseñanza de “Amar a nuestros enemigos”, llegó la
hora de hacerlo.
NO
RESISTÁIS AL MAL
Dice Jesús: “No resistáis al mal”,
esto es que no nos pongamos a hacerle resistencia a lo malo o negativo,
luchando contra alguien, discutiendo y tratando de convencer de lo
contrario, porque fortalecemos y le damos ánimo al enemigo para seguir
luchando, cosa que no conviene, hace daño. Pero si ponemos en práctica lo
que Jesús dice, lograremos desarmar al enemigo, aunque para eso es
necesario que eliminemos por completo el orgullo del “yo personal”, como
lo hizo Jesús cuando lo acusaban. Hay que dejar de querer tener la razón
en todo, desear ser más que el otro o intentar demostrar que somos
importantes, porque con ése orgullo, sólo iremos al infierno. El infierno
es el estado de angustia e infelicidad interna. Por el contrario, el Cielo
es el estado de absoluta felicidad, pero al Cielo no puede entrar el “yo
personal”, porque él es nuestro propio “diablillo interior”.
OTRA
MEJILLA
La única forma de ser feliz aquí en
la Tierra, es eliminando al “yo personal”, para que vacíos de él, la
Divinidad pueda aflorar en nosotros. “Al que te hiera en la mejilla
derecha, vuélvele también la otra”. Esto fue lo que hizo Jesús cuando
lo golpeaban en casa de Caifás, cuando lo azotaban atado a la columna y al
estar en la cruz: perdonar siempre. Aquí está la esencia de ser
espirituales y activar “El Cristo Interior”. Si esto se hace, somos un
verdadero estudiante espiritual; si no, estamos llenos de odio, orgullo,
venganza, y una persona así, jamás puede ser espiritual, aunque lo
justifique escondiéndolo tras el fanatismo de pertenecer a un grupo
supuestamente espiritual.
El advenimiento del Cristo está en ser
afectuosos, y no en la guerra o el ir en contra de alguien. Así que si
quieres hacer algo por ti, por los demás, por el mundo, por el espíritu
religioso, comienza a dar afecto, incluso al que crees que no lo merece.
“Dios es Amor”, y para llegar a Él, debemos convertirnos en ese
Amor. Es importante cumplir con el mandato Crístico: “Ponte de acuerdo
con tu adversario”, vuélvele la otra mejilla, y en vez de devolver el
mal que otros te dan, da “El Amor”. Literalmente, hay que cumplir con las
palabras: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen,
haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os
persiguen”. No pienses que esto es difícil, porque es una forma muy
cómoda de querer seguir viviendo en guerra. La vida Crística demanda de
todo ser humano que sea “perfecto como el Padre que está en los Cielos
lo Es”. Todo lo que le haces al más grande y al más pequeño de los
seres humanos se lo haces al Cristo, porque El Cristo está en todo.
Para poner la otra mejilla, no se puede
tener “yo personal”, ya que esto significa no contestarle al que nos
calumnia, al que tiene deseos de que nos encolericemos, al que nos insulta
para vernos rabiar. Como le hicieron Pilatos y Caifás a Jesús, y sin
embargo, Él no les contestaba. Quedémonos en silencio y digámosle
mentalmente al que nos hace enojar, nos molesta o nos impide dar la clase:
“Te perdono y te envuelvo en mi círculo de amor”. Poner la otra
mejilla es cambiar de la polaridad negativa del atacante a la postura de
perdón y amor compasivo, para eliminar, de raíz, toda contienda.
NO
ROBARÁS
“Al que te quiera quitar algo, dale lo
que quiere y más todavía”. Sé que este punto es fuerte de ponerlo en
práctica, pero lo que sucede es que somos nosotros los que estamos
buscando voluntariamente este Sendero Espiritual y Crístico, y ésta es la
forma; así que hay que hacerlo, no importa su precio. Recuerda que podemos
decir: “Mi mundo lo contiene todo, y nada, absolutamente nada, me va a
faltar jamás, porque Dios proveerá”. Pena da el que quita, plagia y
roba, porque tiene que hacer eso para poder vivir, y no conoce la ley
espiritual que dice: “Mis tesoros están en el Cielo, donde ni la
polilla, ni el orín los corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan”.
Repite esa afirmación hasta que te la aprendas de memoria.
Es inútil seguir cuidando y cultivando cosas
pasajeras, como pueden ser: la reputación, el qué dirán, la opinión ajena
sobre uno, puestos en los trabajos, autos de moda, estar en fiestas de
alcurnia, ser reconocido como practicante espiritual, tener un título de
líder esotérico, sacerdote, acólito, misionero o algo más. Incluso estar
cuidando estudiantes de un grupo. Todo eso es corrompido por la polilla y
el orín. Aunque parezcan ser posesiones y títulos espirituales, son
artículos materiales, de la tierra, sujetos a perecer, mientras que el
Espíritu es eterno e incorruptible. Cuando Jesús sufrió la Pasión, de nada
le valió haber dicho que era el Hijo de Dios; eso sólo le sirvió después,
para resucitar y reconstruirse.
Todo aquél que destruye,
condena, desbarata, mortifica y tortura, es un ladrón. La voz de ese
ladrón sólo es identificada por otros ladrones, ya que conocen su tono.
Pero aquél que es honesto en su trabajo, no se debe preocupar porque se le
vayan algunas ovejas con algún ladrón, porque las verdaderas ovejas, como
dice Jesús: “Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no
conocen la voz de los extraños”.
Cuando la gente robe o quite algo, hay que
regalárselo y decirle: “Te lo regalo con todo mi amor, para bendecirte
y prosperarte”, y desaparecerá la frustración por lo robado.
DAR
Jesús reitera: “Al que te pida, dale”.
Así que pongamos en práctica la Ley de Precipitación y Provisión, y a
darle a todo el que nos pida. Esto es literalmente así: tener siempre
bastante sencillo en la cartera para darle a los pedidores casuales, pero
no entregar la moneda simplemente, sino acompañarla de una bendición. Al
que pide, dale y dile: “Bendigo tu provisión pura y perfecta”
y sonríele. Bendecir es “bien decir”, y aumenta el bien en el bendecido y
en uno también.
Al que solicita un libro espiritual, se lo
podemos regalar; al que pida trabajo, conseguírselo; al que reclame amor,
dárselo; al que pida atención, atenderlo; al que requiera un consejo,
aconsejarlo; al que pida un favor, hacérselo. No le neguemos nada a nadie.
Seamos un dador permanente ante la vida, que “mientras más demos, Dios
más nos dará”.
Me dirás: ¿Y si no puedo? ¡Cómo no vas a
poder! Ten fe y afirma esto: “Dios en mí todo lo puede. Mi Cristo
puede”. Todo es mente, y si piensas que no puedes, nunca vas a poder.
Pero si piensas que sí puedes, diciendo: “Yo sí puedo”,
podrás. Recuerda y repite: “Yo con Dios soy la mayoría”.
En algo vamos a poder auxiliar al que nos
pide. No estamos obligados a ofrecer la totalidad de lo que nos solicitan,
pero en algo podremos ayudar, y ese poquito será una inmensidad para el
que lo requiere.
Pongamos esto en acción, aprendámoslo de
memoria, afirmémoslo y hagámoslo: “Yo amo a mis enemigos, bendigo el
bien en quien me maldice, le hago el bien a los que me aborrecen y rezo
por los que me ultrajan y persiguen”.
Esta es la única forma de demostrarnos a
nosotros mismos, a los demás y a Dios, que somos un verdadero hijo del
Padre, y si no lo hacemos, por mucho que afirmemos ser espirituales, no lo
somos.
SOL
PARA TODOS
“Porque Dios hace salir su sol sobre
malos y buenos, llover sobre justos e injustos”. Así que si Dios hace
eso, nosotros, que somos sus hijos, tenemos que hacer lo mismo, porque
todo hijo es hechura de su padre y se le asemeja.
El sol sale para los ladrones, drogadictos,
gays, traidores, desgraciados, brujas, plagiadores, mentirosos, corruptos,
gobernadores, vecinos, egoístas, millonarios, indios, negros, chinos,
cubanos, judíos, metafísicos, cristianos, musulmanes, teósofos,
rosacruces, herméticos, para todo el mundo; así que nosotros también
tenemos que salir al encuentro amoroso de todos ellos, y hacer como el
sol, que da su luz a todas las criaturas sin discriminación.
Por lo tanto, si a cualquiera de nosotros se
lo ve o escucha condenando a alguien, a algún grupo, escuela, raza,
religión o condición sexual, ése no es practicante de ninguna religión,
aunque lo diga; no está en ningún camino espiritual, aunque lo afirme; no
va para el cielo ni para el Nirvana; no es metafísico, aunque sea
traductor o maestro de esa enseñanza; no está haciendo ningún trabajo
interior.
Estar en la buena y complacido con las
personas de nuestra misma sociedad espiritual, gustos sexuales, profesión,
condición social, raza, status, cultura, nacionalidad, partido político,
es muy agradable, pero no es gracia, no hay ningún mérito en ello, eso lo
hace todo el mundo sin esfuerzo y sin ser espiritual. La gracia está en
ser diferentes, integradores, incluyentes y verdaderamente amorosos con
los que son distintos a nosotros y no nos gustan; eso sí es ser un
practicante espiritual verdaderamente.
El Poder del Cristo no sólo es digno de ser vivido
por los que son llamados buenos, sino por los que no aparentan serlo.
Los buenos y justos ya viven en Cristo, los que más lo necesitan son los
otros. Así que pongamos cuidado en dar nuestro amor y servicio a
aquellos que la gente llama antisociales, ladrones o personas de conducta
irregular. Fíjate bien, los que se dicen cristianos y no lo son, condenan
siempre las fallas de los que consideran errados y les dan la espalda,
jamás están con ellos, nunca los ves con el que comete la falta tratando
de ayudarlo para que no lo haga más. Y no es hacerlo una vez y desistir;
ésta es una acción para repetirla de por vida. El verdadero cristiano está
junto al travestido rechazado, la prostituta despreciada, el traficante
que nadie quiere tratar, el engreído insoportable, el perdido que todos
creen condenado, el orgulloso desmedido; va con paciencia, repitiéndole
día a día los principios Crísticos, consolando, aconsejando, dando ánimo,
hasta que un día aquella alma reacciona favorablemente.
SEPARACIÓN
Toda fragmentación, división, separación,
cisma y establecimiento de diferencias es agresión y contrario al
espíritu. Eso te daña terriblemente, porque es odio. No apoyes ningún
cisma, separación y traición de nadie, porque Dios y el espíritu son
unidad, aunque los seres humanos, con sus sectarismos, se empeñen en
dividir.
La gente se separa para sentirse superior a
los demás, diferente, creerse salvada de la chusma, y esto es orgullo del
más vil. Cuando esto tiene una justificación supuestamente espiritual, es
peor; como creerse en la escuela espiritual más evolucionada, sentirse más
cerca de Dios o de un Maestro, contar con enseñanza oculta, poseer un
mantram, tener una iniciación o título entregado por un maestro, todo eso
es alimento del “yo personal”, fortalecimiento de la personalidad, y ya
sabes que allí no hay nada del espíritu, aunque lo que digas tener sean
posesiones espirituales.
NIÉGATE
El espíritu está cuando hacemos lo que dice
Jesús: “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”. Esa cruz no es
el sufrimiento, sino abrirse a la totalidad del universo: los cuatro
puntos cardinales, las cuatro razas, los cuatro elementos, los cuatro
vehículos inferiores, las cuatro nobles verdades y muchísimas cosas más.
Poner en práctica todo esto requiere de
nosotros una verdadera revolución, que es la interior, hacer otro orden
dentro, y a esto sí que lo podemos llamar un verdadero Sendero Espiritual,
ser practicante de una verdadera religión o estar en el camino certero de
ascensión a Dios.
Pongámonos ya a practicar este primer
ejercicio de “Amar a los Enemigos”, como lo hizo Jesús ejemplarmente en su
Pasión.
Así que no se vuelva a ver por allí a uno de
nosotros o a los que leen este libro, respondiendo con odio, reclamando
algo para sí o insultando a alguien.
Tenemos que renunciar a las
posesiones de la personalidad, que son los títulos que hemos recibido, los
grados y el sentirnos honrados porque nos llamen maestros o con otros
honores. Jesús anuncia: “Así pues, cualquiera de vosotros que no
renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”.