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Con Privilegio.
En Salamanca,
Por Juan Fernández
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M. D. LXXXIII.
Facsímil de la edición príncipe de «Los
nombres de Cristo».
LIBRO PRIMERO
DE LOS
NOMBRES DE CRISTO
[APROBACION]
Por orden de los señores del Consejo de su Majestad vi
y examiné un libro intitulado De los nombres de Cristo, que
compuso el muy reverendo padre nuestro Fr. Luis de León, de la Orden de
San Agustín. Y me parece que no sólo no tiene cosa que sea contra la fe
y buenas costumbres, mas que como digno de tal autor está lleno de
erudición y doctrina, y será de mucha consolación para los devotos
cristianos, y así que se le debe dar licencia para que salga a luz y
todos gocen de él. Fecha en nuestro Colegio de la Compañía de Jesús de
esta Corte, a 20 de abril 1583.
El Doctor RamÍrez
[ LICENCIA ]
Su Majestad concede al maestro Fr. Luis de León por su
privilegio, que por espacio de diez años él o quien su poder hubiere, y
no otro alguno, imprima los libros intitulados De los nombres de Cristo
y La perfecta casada, so la penas contenidas en dicho
privilegio. En 5 de junio 1583.
A don Pedro Portocarrero, del Consejo de Su
Majestad y del de la Santa y General Inquisición
[DEDICATORIA]
[La lección de las Escrituras. —Ocasión y
motivo de escribir esta obra.]
De las calamidades de nuestros tiempos, que, como vemos,
son muchas y muy graves, una es, y no la menor de todas, muy ilustre
señor, el haber venido los hombres a disposición que les sea ponzoña lo
que les solía ser medicina y remedio; que es también claro indicio de
que se les acerca su fin, y de que el mundo está vecino a la muerte, pues
la halla en vida.
Notoria cosa es que las Escrituras que llamamos Sagradas
las inspiró Dios a los profetas, que las escribieron para que nos fuesen
en los trabajos de esta vida consuelo, y en las tinieblas y errores de
ella clara y fiel luz, y para que en las llagas que hacen en nuestras
almas la pasión y el pecado, allí, como en oficina general, tuviésemos
para cada una propio y saludable remedio. Y porque las escribió para este
fin, que es universal, también es manifiesto que pretendió que el uso de
ellas fuese común a todos, y así, cuanto es de su parte, lo hizo; porque
las compuso con palabras llanísimas y en lengua que era vulgar a aquellos
a quien las dio primero.
Y después, cuando de aquéllos, juntamente con el
verdadero conocimiento de Jesucristo, se comunicó y traspasó también
este tesoro a las gentes, hizo que se pusiesen en muchas lenguas, y casi
en todas aquellas que entonces eran más generales y más comunes, porque
fueron gozadas comúnmente de todos. Y así fue que en los primeros
tiempos de la Iglesia, y en no pocos años después, eran gran culpa en
cualquiera de los fieles no ocuparse mucho en el estudio y lección de los
libros divinos. Y los eclesiásticos y los que llamamos seglares, así los
doctos como los que carecían de letras, por esta causa trataban tanto de
este conocimiento, que el cuidado de los vulgares despertaba el estudio de
los que por su oficio son maestros, quiero decir, de los perlados y
obispos, los cuales, de ordinario en sus iglesias, casi todos los días
declaraban las Santas Escrituras al pueblo, para que la lección
particular que cada uno tenía de ellas en su casa alumbrada con la luz de
aquella doctrina pública y como regida con la voz del maestro, careciese
de error y fuese causa de más señalado provecho. El cual, a la verdad,
fue tan grande cuanto aquel gobierno era bueno; y respondió el fruto a la
sementera, como lo saben los que tienen alguna noticia de la historia de
aquellos tiempos.
Pero, como decía, esto, que de suyo es tan bueno y que
fue tan útil en aquel tiempo, la condición triste de nuestros siglos y
la experiencia de nuestra grande desventura nos enseñan que nos es
ocasión ahora de muchos daños. Y así, los que gobiernan la Iglesia, con
maduro consejo y como forzados de la misma necesidad, han puesto una
cierta y debida tasa en este negocio, ordenando que los libros de la
Sagrada Escritura no anden en lenguas vulgares, de manera que los
ignorantes los puedan leer; y como a gente animal y tosca, que, o no
conocen estas riquezas o, si las conocen, no usan bien de ellas, se las
han quitado al vulgo de entre las manos. |