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PASAPORTE/KINSEY

JUAN RODRIGUEZ

PASAPORTE

Cuando recibí mi nuevo pasaporte esta semana, que estará vigente por los próximos diez años, miré hacia arriba y exclamé con alegría: "¡Mi pasaporte al cielo!". Realmente, así lo sentí. Tenía en mis manos el documento más importante de mi vida.

Una de las pocas memorias recurrentes que tengo de mi infancia es la de desear viajar. Nacido en una familia sencilla, nunca pensé que tendría la oportunidad de recorrer el mundo. Tampoco dejé de soñar con la idea de conocer nuevos mundos y nuevas culturas.

En la Escuela Elemental mi materia preferida era Estudios Sociales, y me fascinaba ver las fotografías que acompañaban los artículos sobre la vida y las costumbres en otros países. Leía y veía todo aquello y me transportaba a esos lugares sintiéndolos míos. Grababa en mi mente las imágenes de los lugares que más me impactaban, pensando cuán maravilloso sería estar allí.

Mi primer viaje lo hice  a los quince años, utilizando el dinero que me gané en mi primer trabajo de verano. Fue un viaje corto a la isla de Saint Thomas, con un grupo de amigos adolescentes de mi barrio. Esta experiencia fue más que suficiente para confirmar lo que se convertiría en mi gran pasión.

A esa edad muchos de mis amigos deseaban tener carros, casas y otras cosas típicas de la edad. Yo deseaba viajar. He vivido de una manera sencilla para invertir todo el dinero que me sobra en mis viajes. Para mí, es una simple operación matemática.

En el año 1992, cuando me inicié en los estudios metafísicos, mis viajes adquirieron otra dimensión y un nuevo sentido. A la metafísica le debo el poder viajar con el objetivo de estudiar, investigar y pisar lugares sagrados. Ya no me haría sentido viajar como un simple turista.

Mi primer viaje metafísico fue a Perú, y todavía lo atesoro como una piedra preciosa. Lo planificó mi amigo Rubén, pero lo hice solo. Estar en contacto con las reliquias de San Martín de Porres y Santa Rosa de Lima, haber pisado Machu Pichu y navegado el Lago Titicaca fue algo impresionante. Cuando me preguntan cuál ha sido el lugar del mundo que más me ha impactado, todavía Machu Pichu sigue siendo la respuesta inequívoca.

Había deseado visitar Machu Pichu desde que cursé el cuarto grado y tuve que esperar casi veinte años para que se manifestara, pero bien valió la pena. Después de este viaje, comencé a escribir, ya que fue la única manera que tuve para procesar todo lo que viví y aprendí por esos lares.

Sería difícil enumerar todas las ciudades que he visitado y todos los lugares que me han transformado, pero sí recuerdo con certeza que en cada uno de ellos he sacado un minutito para darle gracias a Dios por haberme regalado este "pasaporte al cielo". En mi mente y mi corazón también abro un espacio para agradecerle a Rubén el que me haya enseñado a viajar metafísicamente.

Cada vez que piso un aeropuerto siento que estoy a punto de embarcarme a mundos desconocidos, a planos que no son físicos y producen sensaciones inigualables. Sobrevolando las nubes, siempre pienso en la inteligencia de la mente humana que pudo inventar estas naves que a veces en pocas horas nos transportan mágicamente a diferentes continentes. Me gusta sentarme cerca de la ventana para poder meditar en la grandeza de la Energía Creadora e Inteligente que sostiene nuestro increíble universo.

No aspiro a tener casas, carros ni cosas materiales que adornen mi hogar. Soy bien práctico. La gente se desternilla de la risa cuando le comento que prefiero comprar una cortina de baño de noventa y nueve centavos de dólar, que puedo desechar cuando se ensucia, que perder el tiempo limpiando una de mayor costo.

Sé que nací para viajar y que allí radica gran parte de mi felicidad. La propia vida me facilitó hacer realidad este sueño y me regaló este “pasaporte al cielo”, que me permitirá moverme libremente por los espacios terrestres y celestiales de este planeta que amo. ¡Gracias Padre!

    KINSEY

Como parte del seminario basado en el libro ¡Hablemos de sexo, por favor! de Rubén Cedeño, desempolvé los estudios del Dr. Alfred C. Kinsey, que había estudiado en la universidad, con el propósito de que los estudiantes tuvieran una clara idea de cómo pensaban los estadounidenses sobre la sexualidad humana en los años cuarenta. Planifiqué ésto sin tener la más mínima idea de que Hollywood ya cocinaba la película sobre el Dr. Kinsey, el ser humano que por primera vez se atrevió a poner la palabra sexo en la radio, televisión y prensa escrita, en una nación que no estaba lista para hablar de ello públicamente.

         Mientras compartía los resultados del primer libro publicado por el Dr. Kinsey en el 1948, La conducta sexual del hombre, observé muchas caras de perplejidad en la audiencia y sentí algo de tensión en la atmósfera, ya que hablar de sexo, aún en este nuevo siglo, sigue siendo un tema tabú en nuestra sociedad.

Después del lanzamiento de su primer libro, el Dr. Kinsey fue etiquetado como un perverso, una amenaza para la sociedad y no faltó quien lo tildara de comunista. Pero él ya había hecho caso omiso a todas las posibles etiquetas, logrando visitar todos los estados de la nación para entrevistar cara a cara a los 5,300 sujetos de su primer estudio.

         El gobierno estadounidense confiscó parte del material del estudio catalogándolo de obsceno. La realidad fue que tuvieron miedo de que el mundo conociera sus deseos reprimidos de amar, hacer el amor y ser afectivos con otros seres humanos. Los obstáculos que tuvo el Dr. Kinsey en el plano físico fueron el exacto reflejo de los miedos, los traumas, las culpas, las aparentes aberraciones y compulsiones que la gente de todos los estratos sociales mantenían en secreto.

Esta represión sigue, ya que en julio del 2003 el Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica amenazó con detener algunos estudios de sexo, incluyendo uno sobre la estimulación y emoción y otro sobre las trabajadoras en casa de masajes. También le negó ayuda económica a tres importantes universidades para que entrenaran a estudiantes en el área de la sexualidad humana.

         Sin embargo, ese mismo año, un estudio reflejó que sólo el 7% de la población pensaba que la educación sexual no debía ser parte del currículo de las escuelas. Un 69% pensó que debía ser parte y el 21% que se podía incluir algo, lo que refleja claramente la necesidad que existe de hablar de sexo en nuestros hogares y centros de educación. Por supuesto, para que esto suceda, debemos clarificar primero nuestra sexualidad.

         La película Kinsey está cargada de valiosa información científica que los ayudará a comprender que el sexo es sencillamente parte de la propia naturaleza y que debería ser natural hablar sobre la sexualidad humana. Para algunos, ver esta película podría ser la liberación final de las culpas que han cargado durante largos años, descubriendo ahora que nunca tuvieron validez. Cada oración de esta película hay que dejarla retumbar en el oído porque no se puede asumir que en cuestiones de sexo se conoce todo.

         Durante la película escucharán relatos desgarradores de lo que a través del tiempo ha hecho la ignorancia y el miedo contra aquellos que se han atrevido a hacerle caso al llamado natural de su cuerpo. También verán electrificantes historias donde el odio mutiló los cuerpos físicos de personas inocentes. Todo por ignorancia.

         Para poder realizar estos estudios ( La conducta sexual de la mujer fue publicado en el 1953), el Dr. Kinsey tuvo que refugiarse en un pequeño grupo de personas que deseaban explorar y clarificar su naturaleza sexual. Aunque fueron duramente criticados y rechazados, permanecieron firmes hasta desenmascarar esa cara de la sociedad que vivía disfrazada de conservadurismo.

         Esta película me tocó muy personalmente, ya que, en menor escala, conozco el rechazo que el Dr. Kinsey sufrió al desear educarse y educar a los demás.

En el año 1985, para obtener el grado de Maestría en Trabajo Social en la Universidad de Puerto Rico, hice mi tesis sobre el ajuste social de los homosexuales. Cuando la directora de la facultad se enteró de que había seleccionado este tema, me llamó a su oficina y utilizó todos los argumentos posibles para que desistiera del mismo. Se mantuvo alegando que no conseguiría la muestra (los sujetos del estudio), como si en la ciudad donde vivía no existieran homosexuales.

Todas las tesis que hasta el momento se habían hecho en la facultad eran sobre el divorcio, el maltrato de menores, el alcoholismo, el abuso de drogas, etc., y no deseaba trabajar temas tan trillados. Además, no se me había olvidado que mis profesores me habían enseñado que los trabajadores sociales somos “agentes de cambio”.

Finalmente, obtuvimos una muestra de 100 homosexuales, a quienes tuvimos la oportunidad de entrevistar personalmente y nos dieron libre acceso a sus mundos. Cada entrevista fue una experiencia increíble de aprendizaje que logró transformar nuestros mundos, ya que no hay nada más liberador en la vida que eliminar un prejuicio.

Cuando viajé a Cuba en el 1992, en el mismo aeropuerto me enteré que la directora nos acompañaría. Al encontrarnos de frente, por primera vez después de aquella fatídica reunión de tesis, me viró la cara, como una adolescente rebelde, y me ignoró durante todo el viaje. ¡Es increíble lo que la ignorancia puede hacer!

Par de años atrás, mi amiga Mayra de Puerto Rico, me llamó emocionada para decirme que habían utilizado mi tesis para asignar fondos federales a los pacientes de sida. Al final de la noticia, me eché a llorar. Siempre existe un buen propósito que justifica todo lo que uno hace con buena intención y el corazón. Lamentablemente, también me dijo que hasta el día de hoy sigue siendo la única tesis que se ha hecho sobre la homosexualidad en la facultad.

La película sobre la vida del Dr. Kinsey hizo que reviviera esta experiencia que pasé hace exactamente veinte años atrás. ¡Cuánto me alegro ahora de no haber sucumbido ante el miedo y la ignorancia de una sola persona! ¡Cuánto me alegro de haber decidido educarme y educar a los demás, aún con los obstáculos que me pusiera una mente retrógrada!

Le pido de favor que vean la película Kinsey, que los educará sobre este tema que los seres humanos, sólo por sus propios miedos, han convertido en un asunto controvertible. Combatamos la ignorancia con mucha educación para que no se nos olvide que sólo dejando de ser ignorantes podremos ver la Luz, practicar la compasión infinita y servir al género humano.

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