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El placer. El amor. La
belleza. El placer y el pensamiento. La autoexpresión. La vacuidad o el
vacío interno. La inatención y la atención completa.
Cuando nos marchamos
la última vez, nos disponíamos a hablar sobre el placer. Al explorar ese
importantísimo factor de la vida, tenemos también que comprender lo que es
el amor, y, al comprender éste, tenemos asimismo que descubrir lo que es
la belleza. Aquí hay, pues, tres cosas involucradas: hay placer, hay
belleza, de la cual hablamos mucho y nos emociona tanto; y hay amor, esa
palabra tan maltratada.
Examinaremos todo,
paso a paso, más bien diligentemente, pero con indeterminación, por que
estas tres cosas abarcan un campo muy vasto de la existencia humana. Y
para llegar a cualquier conclusión, para decir «esto es placer» o «no debe
uno tener placer», o bien «esto es amor, es belleza», me parece que se
requiere la más clara comprensión y el sentido de la belleza, del amor y
del placer. De modo que si somos bastante prudentes, tenemos que evitar
toda fórmula, toda conclusión, o cualquier concepción determinada sobre
este serio asunto. Entrar en contacto con la profunda verdad de estas tres
cosas no es materia de intelección, ni de definición de palabras ni de
ningún sentimiento vago, místico o parapsicológico.
Ya saben, yo no he
examinado esto realmente, salvo que tengo una visión general de ello, por
lo tanto, también estoy investigando con ustedes. No es que yo haya
preparado una conferencia y venga aquí a soltarla, de modo que si vacilo y
voy más bien despacio, espero que ustedes tengan igual cuidado e
investiguen con lentitud e indeterminación.
Para la mayoría de
nosotros es muy importante el placer y su forma de expresión. La mayor
parte de nuestros valores morales se basan en eso, en el placer último e
inmediato. Nuestras tendencias hereditarias o psicológicas y nuestras
reacciones físicas y neurológicas se expresan en el placer. Si usted
examina no sólo los valores y juicios externos de la sociedad, sino
también mira en su propio interior, verá que el placer y la valoración del
mismo es lo que perseguimos principalmente en nuestras vidas. Podemos
resistir, sacrificar, lograr o negar algo, pero al final siempre está esa
sensación de querer lograr el placer, la satisfacción, el contento de
quedar complacido o satisfecho. La autoexpresión y la autorrealización son
formas de placer, y cuando ese placer se frustra, se obstaculiza, hay
temor, y de ese temor surge la agresión.
Por favor, observe
esto en usted mismo. Usted no está escuchando meramente una serie de
palabras o ideas; éstas no tendrían sentido. Usted puede leer en un libro
una explicación psicológica, que no tendrá valor. Pero si investigamos
juntos, paso a paso, entonces verá por usted mismo qué cosa tan
extraordinaria surge de todo esto. Tenga en cuenta que no estamos diciendo
que no debemos tener placer, que el placer sea malo, como sostienen los
diversos grupos religiosos por todo el mundo. No decimos que usted tenga
que reprimirlo, negarlo, dominarlo, trasladarlo a un nivel más alto, y
todas esas cosas. Simplemente estamos investigando, y si podemos
investigar muy objetiva y profundamente, entonces de ahí surgirá un estado
mental diferente en que hay bienaventuranza, pero no placer. La
bienaventuranza es algo totalmente distinto.
Sabemos lo que es
placer: contemplar una bella montaña, un hermoso árbol, la luz en una nube
perseguida por el viento a través del cielo, la belleza del río con su
corriente límpida. Es grande el placer cuando se observa todo esto o se ve
el bello rostro de una mujer, de un hombre o de un niño; y todos conocemos
el placer que viene por el tacto, el gusto, la vista o el oído. Y cuando
ese intenso placer está alimentado por el pensamiento, entonces surge la
acción opuesta, es decir, la agresión, la represalia, la ira, el odio,
nacidos del sentimiento de no poder lograr ese placer que perseguimos. De
ahí el temor, también bastante obvio si lo observamos.
Cualquier clase de
experiencia es alimentada por el pensamiento; por ejemplo, el placer de
una experiencia de ayer, no importa cómo sea, sensual, sexual o visual. El
pensamiento discurre sobre el placer, lo rumia, lo recorre una y otra vez
creando una imagen o fotografía que lo sustenta, que lo nutre. El
pensamiento es el sostén de ese placer de ayer, le da continuidad hoy y
mañana. Observe esto, por favor. Y cuando se inhibe el placer sostenido
por ese pensamiento, porque está limitado por las circunstancias, por
diversas clases de obstáculos, entonces ese pensamiento se rebela,
convierte su energía en agresión, en odio, en violencia, lo que es también
otra forma de placer.
La mayoría de nosotros
buscamos placer por la autoexpresión. Queremos expresarnos en pequeñas o
grandes cosas. El artista quiere expresarse en el lienzo; el autor, en los
libros; el músico, utilizando un instrumento, etc. ¿Es acaso belleza esta
autoexpresión, de la cual se deriva una enorme dosis de placer? Cuando un
artista se expresa, siente placer e intensa satisfacción, -¿es eso
belleza?- Pero si no puede transmitir por completo al lienzo o en palabras
lo que siente, hay descontento, lo cual es otra forma de placer.
¿Es, pues, placer la
belleza? Y cuando hay autoexpresión de cualquier forma, ¿comunica ésta la
belleza? ¿Es placer el amor? El amor ha llegado a ser ahora casi sinónimo
de sexo y de su expresión, con todo lo que ello encierra ‑olvido de sí
mismo, etc.- ¿Es esto amor, cuando el pensamiento extrae de ello intenso
placer? Porque cuando es contrariado se convierte en celos, ira, odio. El
placer perpetúa el dominio, la posesión, la dependencia y, por lo tanto,
el miedo. Por eso uno se pregunta si es placer el amor. ¿Es el amor deseo
‑en todas sus formas sutiles- sexo, compañerismo, ternura y ese olvido de
uno mismo? ¿Es amor todo eso? Y, si no lo es, entonces, ¿qué es el amor?
Si ha observado usted
su propia mente en funcionamiento, dándose cuenta de la actividad misma
del cerebro, verá que desde tiempos antiguos, desde el principio mismo, el
hombre ha perseguido el placer. Si usted ha observado el animal, verá cuán
extraordinariamente importante es el placer para él, cómo busca el placer
y cómo se vuelve agresivo cuando se ve contrariado. Estamos hechos así;
nuestros juicios, nuestros valores, nuestros requerimientos sociales,
nuestras relaciones, etcétera, se basan en este principio esencial del
placer y en su autoexpresión. Y cuando eso se frustra, cuando se refrena,
se tuerce, se elude, entonces hay ira, agresividad, lo que se convierte en
una forma más de placer.
¿Qué relación tiene el
placer con el amor? ¿O es que el placer no tiene relación alguna con el
amor? ¿Es el amor algo enteramente distinto? ¿Es el amor algo que no está
fragmentado por la sociedad, por la religión, en elemento humano y divino?
¿Cómo va usted a descubrirlo? ¿Cómo va a descubrirlo por usted mismo? Sin
que sea otro el que se lo diga, porque si alguien le dice lo que es y
usted afirma: «sí, eso es verdad», entonces no es algo suyo, no es algo
que usted mismo haya descubierto y sentido profundamente.
¿Que relación tiene el
placer de la autoexpresión con la belleza y el amor? El hombre de ciencia
tiene que conocer la verdad de las cosas. ¿Es la verdad algo estático para
el ser humano, no para el filósofo especializado, el científico, el
técnico, sino para el ser humano interesado en la vida diaria, en ganarse
la vida, en la familia, etc.? ¿O es algo que descubre usted mientras
avanza, algo nunca estacionario, nunca permanente, sino que siempre está
en movimiento? La verdad no es un fenómeno intelectual, no es un asunto
emotivo o sentimental, y nosotros tenemos que encontrar la verdad del
placer, la verdad de la belleza y la realidad de lo que es el amor.
Uno ha visto la
tortura del amor, su sujeción, el temor que produce, la soledad de no ser
amado y la perpetua búsqueda de él en toda clase de relaciones, sin
encontrarlo nunca en forma que nos satisfaga completamente. Pregunta uno,
pues, si el amor es satisfacción y al mismo tiempo, un tormento cercado
por la valla de los celos, la envidia, el odio, la ira, la dependencia.
Cuando no hay belleza
en el corazón, vamos a los museos y conciertos, visitamos un antiguo
templo griego y admiramos su belleza, con sus hermosas columnas, su
proporción frente al cielo azul. Hablamos sin cesar de la belleza,
perdemos del todo el contacto con la naturaleza, como lo está perdiendo el
hombre moderno que busca más y más las ciudades para vivir. Se forman
sociedades para ir al campo a contemplar las aves, los árboles y los ríos;
como si formando sociedades para admirar los arboles uno fuera a palpar la
naturaleza y a entrar en contacto extraordinario con la inmensa belleza.
Como hemos perdido el contacto con la naturaleza, adquieren demasiada
importancia la moderna pintura objetiva, los museos y los conciertos.
Hay una vacuidad, una
sensación de vacío interno que siempre esta buscando la autoexpresión y lo
que produce placer, creando así temor de no lograrlo por completo. Hay
resistencia, agresividad y todo lo demás. Procedemos a llenar ese vacío
interior y esa sensación de completo aislamiento y soledad que estoy
seguro todos ustedes han sentido con libros, con conocimientos, con
relaciones, con toda clase de tretas, pero al final, aun está ese vacío
que no se puede llenar. Entonces acudimos a Dios, el último recurso.
¿Es posible el amor,
la belleza, cuando existe esta vacuidad, esta sensación de vacío
insondable? Si uno es consciente (aware)
de ese vacío y no escapa de él, ¿qué ha de hacer entonces? Hemos intentado
llenarlo con dioses, conocimientos, experiencias, con música, con cuadros,
con extraordinaria información tecnológica; en eso estamos ocupados de la
mañana a la noche. Uno se da cuenta de que ninguna persona puede llenar
ese vacío. Vemos la importancia de esto. Si usted lo llena con eso que
llamamos relación con otra persona o con una imagen, entonces viene la
dependencia y el miedo de perderla; luego, la posesión agresiva, los celos
y todo lo que sigue. Así que uno se pregunta: ¿Puede llenarse jamás ese
vacío con alguna cosa, con la actividad social, con buenas obras, yendo a
un monasterio a meditar o estando consciente (aware)?
Esto también es un absurdo.
Si uno no puede llenar
ese vacío, ¿qué va a hacer entonces? ¿Comprende la importancia de esta
pregunta? Uno ha tratado de llenarlo con lo que se llama placer, con la
autoexpresión, con la búsqueda de la verdad, de Dios; comprende que nunca
podra llenarse con nada, ni con la imagen que ha creado de sí mismo, ni
con la imagen o idea que ha creado del mundo, con nada. Y así, uno ha
utilizado la belleza, el amor y el placer para disimular este vacío. Y si
no escapa más, sino que permanece con él, ¿qué va a hacer entonces? ¿Esta
clara la pregunta? ¿Me han seguido ustedes por lo menos un poco?
¿Qué es esta soledad,
esta sensación de profundo vacío interior? ¿Qué es y cómo nace? ¿ Es que
existe porque estamos tratando de llenarlo o de eludirlo? ¿Existe porque
lo tememos? ¿Es sólo una idea de vacío, y por tanto, la mente nunca esta
en contacto con lo que ello es en realidad ‑no sé si ustedes siguen todo
esto- porque nunca esta en relación directa con ello?
Veo que ustedes no
captan lo que quiero decir.
Descubro este vacío en
mí mismo y dejo de huir ‑pues está claro que escapar es una actividad sin
madurez- me doy cuenta de ello; ahí está y nada puede llenarlo. Ahora me
pregunto cómo ha nacido este vacío. ¿Lo habrá producido todo mi vivir,
todas mis actividades y suposiciones diarias, etc.? ¿Es que el «yo», el
«mí», el «ego», o como se le quiera llamar, se esta aislando de sí mismo
en toda su actividad? La naturaleza misma del «mí», del «yo», del «ego» es
el aislamiento; es separativa. Todas estas actividades han producido este
estado de aislamiento, de hondo vacío en mí, de modo que es un resultado,
una consecuencia, no algo que sea inherente a mí mismo. Veo que, mientras
mi actividad sea egocéntrica y autoexpresiva, tiene que haber este vacío;
veo que, para llenarlo, hago toda clase de esfuerzos ‑cosa que también es
egocéntrica- y el vacío se hace más extenso y profundo.
¿Es posible trascender
este estado, ‑no escapando de él ni diciendo, «no seré egocéntrico»?
Cuando uno dice «no seré egocéntrico», ya lo es. Cuando ejercemos la
voluntad para negar la actividad del «yo», esa misma voluntad es factor de
aislamiento.
La mente se ha
condicionado a través de siglos y siglos en su urgencia de seguridad y
protección; ha creado, tanto fisiológica como psicológicamente, esta
actividad egocéntrica que impregna su vida diaria en «mi familia», «mi
empleo», «mis posesiones», y eso produce este vacío, este aislamiento.
¿Cómo va a terminar esta actividad? ¿Puede terminar alguna vez? ¿O tiene
uno que rechazarla totalmente y dotarla de otra cualidad del todo
distinta?
Me pregunto si están
ustedes siguiendo todo esto. Veo este vacío, cómo ha surgido en mí.
Comprendo que la voluntad o cualquier otra actividad ejercida para
desechar al creador de este vacío es sólo otra forma de actividad
egocéntrica. Eso lo veo muy claramente, objetivamente, y de pronto me doy
cuenta de que no puedo hacer nada sobre ello. ¿Comprenden? Antes hice algo
en relación con este vacío, escape o traté de llenarlo, me esforcé por
comprenderlo y penetrarlo, pero todas esas son otras formas de
aislamiento. Así, pues, súbitamente comprendo que no puedo hacer nada: que
cuanto más trato de hacer sobre ello, tanto más estoy creando y
construyendo murallas de aislamiento. La mente misma se da cuenta de que
no puede hacer nada, que el pensamiento no puede tocar esto, porque tan
pronto lo toca, engendra vacío de nuevo. De manera que observando con
cuidado y objetividad, veo todo este proceso, y el mismo hecho de verlo es
suficiente. Miren lo que ha sucedido. Antes he utilizado energía para
llenar este vacío, he vagado por todas partes, y ahora veo su absurdo, la
mente ve muy claro cuán absurdo es todo ello, de modo que ahora no estoy
disipando energía. El pensamiento se aquieta; la mente se queda
completamente serena: ha visto el mapa completo de esto, y así llega el
silencio. En ese silencio no hay soledad. Cuando adviene tal silencio, ese
silencio absoluto de la mente, hay belleza y amor, que puede ‑o no-
expresarse.
¿Han seguido esto del
todo? ¿Hemos emprendido juntos el viaje? Señora, no diga que sí... Este
problema, del cual estamos hablando, es uno de los más difíciles, y más
peligrosos, porque, si usted es de algún modo neurótica, como lo somos la
mayoría de nosotros, entonces se vuelve complicado y feo. Este es un
problema enormemente complejo. Cuando usted examina su extraordinaria
complejidad, se vuelve sencillísimo, y su misma sencillez le lleva a usted
a decir: «¡Qué simple es!». Y cree que lo ha captado.
De modo que sólo hay
dicha plena más allá del placer; y existe la belleza, que no es la
expresión de una mente astuta, sino la belleza que se conoce cuando la
mente está en completa quietud, en silencio.
Está lloviendo y
pueden oír el ruido compasado de las gotas, lo pueden oír con los oídos y
pueden oírlo desde el fondo del profundo silencio. Si lo oyen con la mente
en completo silencio, entonces su belleza es tal que no puede expresarse
en palabras ni en el lienzo, porque esta belleza está más allá de la
autoexpresión. El amor evidentemente es bienaventuranza, la cual no es
placer.
¿Quieren hablar sobre
esto, explorarlo juntos?
Interlocutor: Cuando uno
no está consciente todas las viejas respuestas vuelven a la mente. ¿Cómo
va uno a impedir o inhibir o dejar de lado las viejas respuestas?
K.: Digámoslo en otras
palabras. Tal vez esto nos ayude. Hay estados de inatención y de atención.
Cuando están en atención completa la mente, el corazón, los nervios, todo
lo que usted posee, en ese momento no vuelven los viejos hábitos, las
reacciones mecánicas; el pensamiento no participa de esto. Pero nosotros
no podemos sostener esa atención todo el tiempo. De modo que casi siempre
estamos inatentos, un estado en que no somos conscientes sin elección
alguna.
¿Qué ocurre? Hay
inatención y atención en raras ocasiones. Y nosotros tratamos de tender un
puente entre una y otra. ¿Cómo puede mi inatención convertirse en
atención? O bien, ¿puede haber completa atención todo el tiempo?
La inatención nunca
puede convertirse en atención. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Cómo puede usted
convertir el odio en amor? No puede.
Pero investigue usted
los caminos de la inatención, obsérvela, vea cómo crece, dése cuenta de la
inatención y no trate de convertirla en atención. No haga nada. ¡Bien!
Usted no está atento. ¿Qué pasa? Mírelo con mucho cuidado, dése cuenta de
que no está atento, no trate de forzar su estado para convertirlo en
atención, y se dará cuenta de que no está atento y entonces cambiará. Pero
no puede hacerlo si dice: «quiero darme cuenta de que no estoy atento».
¿Comprende usted lo
que digo? Por favor, obsérvelo, no llegue a ninguna conclusión. Primero
observe. Hay dos estados: uno es la inatención y el otro, en raros
momentos, es la atención completa, en que el pensamiento no participa en
ninguna forma. En esos raros momentos descubrirá algo totalmente nuevo. En
esa atención completa hay una dimensión del todo distinta. Si entonces eso
llega a ser algo que usted ha conocido, que ha sentido, que guarda en la
memoria, si llega a ser un recuerdo y usted se dice a sí mismo: «desearía
poder captar eso otra vez, retenerlo, no dejarlo ir», entonces eso es de
nuevo el estado de inatención. De modo que dése cuenta del estado de
inatención, no de «la manera de estar atento». No haga nada con la
inatención. Muy bien, no estoy atento, pero tengo mucho cuidado, lo estoy
observando, no trato de darle una forma, no trato de cambiarlo, me limito
a observarlo. Ese mismo acto de
observar es atención..
Interlocutor: La mayor
parte de nuestra vida diaria se vive sólo al nivel de los hechos,
especialmente en el caso de los niños, que aprenden a conocer hechos en la
escuela. ¿Es esta actividad real, que es diaria y necesaria, un
impedimento para la libertad psicológica?
K.: Señor, nada es
impedimento para la libertad psicológica. ¡Nada! Un impedimento surge sólo
cuando hay resistencia. Si no hay resistencia, entonces no hay problema
psicológico. Si usted trata con resistencia, como un obstáculo, el vivir
diario ‑el ganarse la vida, educar los hijos, el fastidio de todo ello, la
rutina, la tarea diaria de lavar platos- entonces todo se convierte en un
problema. Pero cuando usted se da cuenta de todo este proceso del vivir
‑con su rutina, sus habites, su aburrimiento, con sus ansiedades,
disgustos, el miedo, la dominación, las posesiones- cuando usted se da
cuenta de esto sin elegir nada (no puede hacer usted nada sobre esa lluvia
o sobre el perfil de esas colinas) y si puede usted mirar su propia
actividad de la misma manera, calladamente, sin ninguna elección, sin
resistencia alguna, entonces no hay problema psicológico. De ahí sólo
surge entonces la libertad. |